Parte 2: La escoba que no se detiene

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justo en ese momento me di cuenta de que algo no encajaba. El salón entero estallaba en risas, copas chocando, pero el padre del novio permanecía quieto, con la escoba imaginaria aún entre las manos. No sonreía. Solo miraba a mi hijo con esos ojos pequeños y oscuros.

Intenté disimular. Me acerqué a él y le ofrecí una copa de vino. Él la rechazó con un gesto lento. «No bebo», murmuró. Su voz era como arena seca. «Solo barro patios. Desde siempre».

Los invitados siguieron con sus bromas, pero yo no podía dejar de observarlo. Cada vez que alguien mencionaba la palabra «patio», sus dedos se movían ligeramente, como si sujetara un palo invisible. Mi hijo, todavía con la cabeza baja, levantó la mirada un segundo. En ese instante vi algo extraño: una sombra larga que se extendía desde los pies del hombre hasta debajo de la mesa principal.

La cena continuó. Platos de carne, risas forzadas. Pero el aire se sentía más pesado. Una de las tías de mi hijo se inclinó hacia mí y susurró: «¿Sabías que el viejo barría el patio de la iglesia antes de que demolieran el ala vieja? Dicen que encontró cosas enterradas».

Me estremecí. Pregunté qué cosas. Ella solo se encogió de hombros y cambió de tema. Miré otra vez al padre del novio. Ahora estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a todos. Afuera había un pequeño patio interior del restaurante, iluminado por faroles tenues. Lo vi mover la mano derecha como si barriera hojas invisibles. Una y otra vez. Sin escoba.

Mi hijo se acercó a mí más tarde, pálido. «Mamá, dice que no quiere entrar en la iglesia para la boda. Que prefiere esperar afuera, barriendo la entrada». Intenté reír, pero el sonido se me atragantó. Le pregunté por qué. Mi hijo solo negó con la cabeza. «Dice que los patios guardan secretos y que él los mantiene limpios para que no salgan».

La noche avanzó. Los invitados se fueron yendo. Quedamos pocos. El padre del novio seguía en el patio pequeño, moviendo esa escoba invisible bajo la luz amarilla. Las hojas no se movían, pero yo juraba que el suelo brillaba más limpio cada vez que pasaba.

Antes de irnos, me detuve junto a él. «Gracias por venir», dije. Él giró la cabeza muy despacio. Por primera vez sonrió, apenas un tirón en los labios. «Dígale a su hijo que mantenga el patio de su nueva casa siempre barrido. Muy barrido. Porque algunas cosas vuelven si no se barren bien».

Subimos al coche en silencio. Mi hijo no habló en todo el camino. Yo tampoco. Pero cuando llegamos a casa y abrí la puerta, noté algo en el piso de la entrada: una fina línea de tierra que formaba un camino recto desde la puerta hasta la sala. Como si alguien hubiera barrido… pero al revés.

Y afuera, en la oscuridad de la calle, creí escuchar el sonido suave de una escoba arrastrándose sobre concreto.