El Reencuentro Bajo la Lluvia - Parte 2: Las palabras que nadie se atrevio a decir
La lluvia caía con más fuerza ahora, empapando sus cabellos y mezclándose con las lágrimas que ella no podía contener. El hombre frente a ella sostenía la rosa roja que acababa de recibir, con la mano temblorosa. Sus ojos, esos ojos que ella había intentado olvidar durante años, se abrieron con sorpresa al reconocerla.
―¿Hija…? ―murmuró él, con la voz rota por el tiempo y la culpa.
Ella retrocedió un paso, el corazón latiéndole con fuerza. Quería correr, pero sus piernas no respondían. Quince años de ausencia se condensaban en ese instante bajo la tormenta.
―No me llames así ―respondió ella con la voz entrecortada―. Tú perdiste ese derecho el día que te fuiste sin mirar atrás.
Él bajó la mirada hacia la rosa. Las gotas de lluvia caían sobre los pétalos, como si la flor también llorara. Intentó decir algo, pero las palabras se le atragantaban. La gente pasaba a su alrededor, apresurada por escapar de la lluvia, ajena al drama que se desarrollaba en la acera.
―Cada día pensé en volver ―dijo él finalmente―. Pero la vergüenza… el miedo a que me odiaras… me paralizaron.
Ella soltó una risa amarga.
―¿Miedo? ¿Tú hablas de miedo? Mamá y yo tuvimos que reconstruirnos solas. Tú elegiste irte. Nosotros elegimos sobrevivir.
La lluvia arreciaba, pero ninguno de los dos se movía. Él extendió la mano con la rosa, ofreciéndosela de vuelta, como si ese gesto pudiera borrar el pasado. Ella no la tomó.
―No quiero tu rosa. Solo quiero entender por qué. Una explicación. Algo que justifique todos estos años de silencio.
Él respiró hondo, el agua corriéndole por el rostro arrugado.
―Era joven, estaba perdido. Creí que marcharme resolvería mis problemas, pero solo creé más. Cada cumpleaños, cada Navidad, pensaba en ti. Guardé fotos tuyas en mi cartera todo este tiempo.
Por un segundo, la expresión de ella se suavizó. Recordó las noches en que su madre lloraba en silencio, creyendo que nadie la veía. Recordó sus propios dibujos de niña preguntando dónde estaba papá.
―Mamá nunca te odió del todo ―susurró ella―. Pero yo… yo sí aprendí a hacerlo.
Él dio un paso adelante, con los ojos llenos de arrepentimiento.
―Dame una oportunidad. Solo una. Para hablar. Para contarte todo. No busco perdón inmediato, solo… que me escuches.
La lluvia empezó a disminuir ligeramente. Ella miró la rosa que aún sostenía él, luego levantó la vista hacia su rostro. Había tanto por decir, tantas heridas abiertas. El corazón le latía con una mezcla de rabia, dolor y algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.
―No sé si pueda ―dijo ella al fin, dando media vuelta lentamente―. Pero tampoco sé si pueda seguir ignorando que estás aquí.
Caminó unos pasos bajo la lluvia que ahora era más suave, dejando al hombre con la rosa en la mano. Él no la siguió. Solo se quedó allí, observándola alejarse, con el corazón tan empapado como su ropa.
En la esquina, ella se detuvo un instante y miró hacia atrás. Sus miradas se cruzaron una vez más a través de la cortina de lluvia. Ninguno de los dos sabía qué vendría después.
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