Mi casa, mis reglas Parte 2: La noche en el penthouse

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La mujer se quedó congelada en el salón de mármol, con la llave inglesa todavía en la mano del hombre que acababa de confesarle la verdad. Él, con esa sonrisa tranquila y segura, guardó la herramienta en su maletín y la miró directamente a los ojos.

—No llamaste a un simple reparador —dijo con voz baja—. Llamaste al dueño. Y ahora estás en mi casa.

Ella sintió cómo el calor subía por su cuello. El vestido ligero que llevaba se pegaba a su piel por el sudor del momento. Intentó protestar, pero las palabras se le quedaron atascadas.

—Mi casa, mis reglas —repitió él, dando un paso más cerca. El aroma de su colonia masculina llenó el espacio entre ellos—. Regla número uno: aquí nadie se va sin mi permiso.

El viento de la terraza entraba por las puertas abiertas, moviendo las cortinas blancas. Abajo, la ciudad de noche brillaba como un mar de luces. Él señaló el sofá de cuero negro.

—Siéntate. Quiero que me cuentes exactamente por qué llamaste tan tarde.

Ella obedeció casi sin pensarlo. Sus piernas temblaban. Mientras se sentaba, él se quitó la chaqueta de trabajo, dejando ver una camiseta ajustada que marcaba sus brazos fuertes. Se acercó y se inclinó frente a ella, apoyando las manos en el respaldo del sofá.

—Regla número dos: en mi penthouse, la honestidad es obligatoria. ¿Qué estabas buscando realmente?

La mujer tragó saliva. Su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. Le contó entre balbuceos que había tenido una pelea con su novio, que necesitaba arreglar algo roto en su vida más que en la tubería. Él escuchaba sin interrumpir, con esa mirada intensa.

De repente, se levantó y caminó hacia el bar. Sirvió dos copas de vino tinto y le entregó una.

—Bebe. Relájate. Esta noche nadie te va a juzgar aquí.

El vino bajó cálido por su garganta. Él se sentó a su lado, tan cerca que sus rodillas se rozaban. Su mano rozó accidentalmente la pierna de ella al acomodarse y ninguno de los dos se apartó.

—Regla número tres —susurró él, acercando su rostro—: cuando estás en mi penthouse, aprendes a seguir el ritmo que yo marco.

La tensión en el aire era eléctrica. Ella sintió el impulso de levantarse y huir, pero algo más fuerte la mantenía clavada en ese sofá. La ciudad seguía brillando afuera, indiferente. Él sonrió de nuevo, como si supiera exactamente lo que ella estaba pensando.

—Dime… ¿quieres conocer la regla número cuatro?

El reloj de pared marcaba las dos de la madrugada. Ninguno de los dos parecía tener prisa por terminar la conversación. Afuera, la noche prometía ser más larga de lo que cualquiera de los dos había planeado al principio.

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