Parte 2: La mujer que no se fue

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La mujer levantó la barbilla. Sus ojos, oscuros y desafiantes, se clavaron en los de Víctor Salgado sin pestañear.

—Vine por el trabajo —dijo con voz ronca, pero firme—. No por su permiso.

Él soltó una risa corta, seca. Dio un paso adelante. El traje impecable contrastaba con las botas llenas de barro de ella. El showroom olía a cuero nuevo, a madera pulida y ahora también a tierra húmeda.

—Aquí no contratamos mendigas —respondió él, cruzando los brazos—. Vete antes de que llame a seguridad.

Ella no se movió. Una gota de sudor le corría por la sien, mezclándose con el polvo de su mejilla. Llevaba una chaqueta rota en el hombro y jeans manchados, pero su postura era recta como una espada.

—Míreme bien, señor Salgado. No soy mendiga. Soy la que diseñó los últimos tres modelos que vendió como suyos.

Víctor frunció el ceño. El silencio del showroom se hizo más denso. Afuera, la lluvia empezaba a golpear los cristales.

Se acercó más. Dos metros. Uno. Podía oler el aroma a lluvia en su cabello mojado.

—¿Qué estás diciendo?

La mujer metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un pendrive sucio. Lo sostuvo entre dos dedos sucios.

—Los archivos originales. Fechas. Firmas digitales. Todo. Los modelos que usted presentó en Milán llevan mi nombre oculto.

Víctor sintió un frío en la espalda. Extendió la mano para tomar el pendrive, pero ella lo retiró.

—No tan rápido.

Él la miró de arriba abajo. La suciedad no escondía las curvas firmes bajo la ropa mojada. La blusa se pegaba a su piel por la lluvia.

—Si esto es un chantaje…

—No es chantaje —lo interrumpió ella—. Es justicia. Quiero mi crédito. Quiero mi dinero. Y quiero entrar por esa puerta como diseñadora, no como basura.

Víctor dio otro paso. Ahora estaban tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.

El corazón le latía fuerte. Rabia. Intriga. Y algo más que no quería nombrar.

—Quítate esa chaqueta —ordenó de pronto.

Ella arqueó una ceja.

—¿Perdón?

—Está mojada. Goteando sobre mi piso de mármol. Quítatela.

La mujer sonrió por primera vez. Una sonrisa peligrosa. Se quitó la chaqueta lentamente, revelando brazos tonificados y una camiseta ajustada que marcaba cada respiración.

Dejó la prenda caer al suelo con un sonido húmedo.

—Ahora dime —susurró ella—, ¿todavía quiere que me vaya?

Víctor tragó saliva. El pendrive seguía en la mano de ella. La lluvia arreciaba afuera. Dentro, el aire se sentía eléctrico.

Él extendió la mano otra vez, pero esta vez no hacia el dispositivo.

Sus dedos rozaron el brazo de ella. La piel estaba fría por la lluvia, pero ardía debajo.

La mujer no se apartó.

—Esto no termina aquí —murmuró Víctor, con la voz más baja.

—No —respondió ella, acercando su rostro al de él—. Apenas empieza.

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